Problemas de hoy, organizaciones de ayer

       Estamos asistiendo en los últimos lustros a profundas mutaciones que se dan en el mundo: el cambio constituye la regla y la estabilidad la excepción. Las organizaciones, concebidas para un orden distinto, patinan sobre esta nueva realidad contraria a aquella para la que fueron creadas: administraciones pasivas y esclerotizadas, colectividades territoriales que se mueven por rivalidades locales, cuando la competencia de las ciudades y regiones se ha extendido a escala mundial, sindicatos decrépitos que, al seguir defendiendo los derechos adquiridos, precipitan cada día un poco más su declive y alimentan el nacimiento de una sociedad dual, partidos políticos de encanto anticuado que siempre van a la zaga de los acontecimientos y de las evoluciones sociológicas, sistemas públicos gigantescos y costosísimos que no están preparados para afrontar la incertidumbre de los tiempos...

       La revolución de la información, la mundialización de los intercambios económicos y culturales, el derrumbamiento de las grandes ideologías económicas estructurantes, la interconexión de los fenómenos políticos, financieros y monetarios coexisten con el resurgimiento de los particularismos, el ansia de identidad nacional, la fuerza acrecentada de los regionalismos, la intransigencia de determinadas religiones...; todo sucede como si la mundialización de los problemas engendrara la balcanización de los valores, como si las causas provocasen un efecto-repliegue en los individuos y en los pueblos sobre sí mismos e induciendo a la fragmentación social y a la babelización política.

       Los estados son los primeros en sufrir las consecuencias de estas contradicciones. En un momento en que su poder y su legitimidad se encuentran profundamente recortados y cuestionados, a causa de una renuncia a la soberanía en favor de entidades supranacionales -UE- o de la necesaria descentralización de responsabilidades de gestión cotidiana subsidiaria, los estados nunca habían sido habilitados hasta tal punto por los ciudadanos para llevar a cabo una misión tan amplia de regulación de la paz exterior e interior, de la salud, de la  justicia, de la educación, del trabajo, de la defensa de los grandes equilibrios económicos, sociales, culturales y del medio ambiente.

       La contradicción más flagrante es la que opone el ritmo desenfrenado del cambio mundial (recomposición de equilibrios políticos y económicos, renovación acelerada de la tecnología) con la lentitud de la evolución de las organizaciones. Las grandes organizaciones, bien sea por rigidez, anquilosamiento, inconsciencia, indolencia o impericia, sólo cambian si se les presiona o se les obliga a hacerlo; algunas esperan hasta estar al borde de la muerte para plantearse un cambio: es el caso de las administraciones públicas y de muchas organizaciones políticas. Se actúa como si la inteligencia humana se hubiera agotado con la creación de innovaciones tecnológicas y nos quedara muy poca imaginación para inventar en los ámbitos político, económico y social. La relación mercantil en economía, el voto mayoritario en política y el contrato individuo-sociedad en lo social no carecen de valor, pero ¿son suficientes para permitirnos afrontar un mundo de amenazas nuevas?, ¿son suficientes para enfrentarnos a la complejidad e incertidumbre que nos desafían?

       Los hechos desestabilizadores de certezas han provocado que muchas organizaciones sociales, políticas, profesionales y económicas estallen al entrar en contacto con las nuevas realidades. Y es que son organizaciones desfasadas, monótonas, amorfas, opacas, centralizadas, sofocantes, conformistas y poco preocupadas por comprender las expectativas de sus miembros. Por eso nos impiden ver que podemos dar vida a la democracia de otro modo, gestionar de otro modo, producir de otro modo, cuando lo cierto es que el mundo del mañana lo exige. La rigidez de las organizaciones prolonga su existencia más allá de los sistemas de pensamiento que las justificaron.
 

 
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